¡Búscanos en las redes sociales!

Síguenos en Twitter.com/c_indigenas o como @c_indigenas.
Búscanos en Facebook como Corresponsales Indígenas y hazte fan

16/11/2009

Soy el hijo del jefe maya

Belice (El País).- En lengua kekchí, mono se dice b’atz’; pez se dice kar; tigre, hix; mariposa, peepem. Lo cuenta Evan Cal, el niño de la caracola, que es maya mopan (lengua que también domina) y del sur de Belice.

Es un país estratégico en el Caribe, 280.000 habitantes, un territorio más pequeño que Bélgica (que tiene diez millones), pero en él conviven varias etnias, por orden y cantidad: mestizos, criollos, garífunas, mayas, indiopaquistaníes…

Este coctail (al que hay que sumar los occidentales viajeros, misioneros, menonitas, miembros de ONG, peacecorps americanos, investigadores y, dicen, agentes infiltrados de frontera) le da un color especial a sus calles, que hay que añadir al de su mar y sus montañas, a su luz.

Un paraíso del submarinismo, de santuarios de flora y fauna, de islas y ruinas mayas. Y es precisamente eso, la tonalidad de la mezcla de pieles y lenguas (inglés, español, kekchí, mayamopan) lo que distrae del calor asfixiante, el peligro (habitual) de huracanes y (posible) de terremotos, y de otros males, menos naturales, como la corrupción (por vez primera el país tiene desde 2008 un primer ministro negro, el saliente dejó un gran agujero en las cuentas del Estado), la miseria y las deficiencias en acceso a educación y sanidad.

Si en Belice entero un 39% de los niños vive bajo el umbral de la pobreza, en el sur, la tasa alcanza el 89%. Especialmente en el distrito de Toledo. Y es aquí donde se agrupa gran parte de los aproximadamente 15.000 indígenas maya del país (con 25 siglos de historia detrás, son unos seis millones entre México, Guatemala, Belice y Honduras).

Y es en la aldea de San José –a apenas seis kilómetros de la frontera de Guatemala en línea recta–, donde viven Evan Cal, Shakira Cavala y Arcela Wook, que son los que nos interesan porque parecen sacados de un cuento donde todos carecen de maldad y van a salir volando en cualquier momento (como las peepem, mariposa en kekchí ¿recuerdan?).

En San José trabaja la joven maya Ernesta Cal, delgada como un palo, seria, de esas mujeres que hacen kilómetros sin respirar y toda la fuerza se les ve en los ojos y las piernas. Va de casa dispersa en casa dispersa (ése es uno de los problemas para implantar proyectos de ayuda, la lejanía) con el programa de estimulación temprana impulsado por el Gobierno y Unicef para niños sin acceso a la escuela infantil.

Y colina arriba, colina abajo, con el mismo apoyo, se empeña el director del colegio de San José, Felipe Ical, en la educación bilingüe de sus alumnos para que perdure su cultura maya escrita y hablada. “Éste es el lugar donde vivo.

Yo soy el hijo del jefe, como Shakira es la hija del profesor y Arcela, la del agricultor”, dice Evan antes de interesarse en si es verdad que “desde el aire del avión se ve de Belice el verde montaña y el transparente del agua azul”. Pues sí. Y tiene su explicación: aquí el agua es verde y oscura, de río. En ella se bañan como locos.

Nunca ha salido de aquí Evan y le gustaría. También a su padre, Marciano, de 32 años, elegido como guía por su comunidad y por su sabiduría, que es mucha. Se queja él: “La energía es nuestro gran problema.

No sólo por lo que significa para las casas, sino para la educación de nuestros hijos”. Y comenta sobre esa carretera que hace años se proyecta desde Guatemala: “Sería nuestro fin y convertiría a Belice en un puro tránsito de emigrantes hacia México y EE UU”. Otras infraestructuras y vías dentro del país interesan más, afirma.

Dicen, le digo, que hay mucha violencia de género en la zona, mucha depresión entre las mujeres, mucha enfermedad de transmisión sexual, mucho sida, poca representación femenina y nuevos deseos en los jóvenes. Marciano dice: “Todo cambia”.

Él es mediador en este San José bellísimo, selva pura, con algunos claros quemados para cultivar maíz y subsistir; el poco excedente que tienen se vende en el mercado de Punta Gorda, la capital del distrito.

La pobreza aquí no es de estercolero. Todo está impecable. Evan no lo sabe, pero no muy lejos, bajando a Punta Gorda ciudad, la cara de la miseria es otra muy distinta. Hay casas destartaladas alzadas del suelo como hórreos para sortear riadas. Zonas deterioradas donde se hacinan garífunas como Tyrel, que como los mayas son etnia de supervivientes.

Esclavos forzados por los ingleses a emigrar tras la abolición hacia las costas de Belice, Guatemala, Honduras… Mantienen sus costumbres, su religión, creen que sus antepasados se comunican con ellos y practican rituales que refuerzan las relaciones más allá del espacio y del tiempo… Un pueblo que por su lucha ha sido honrado por la Unesco.

No hay comentarios.: