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03/11/2011

Una vez más los vivos esperaron a sus muertos para festejarles

Carmen González Benicio, corresponsal

Tlapa de Comonfort, Gro.-
El alma de los difuntos se fundió con el humo y olor del copal parte importante en la celebración de Día Muertos en La Montaña, donde pese a la migración de los lugares de origen las tradiciones perduran y adquieren más fuerza en la periferia de la ciudad donde conviven  nahuas, na savi, me´phaa y mestizos.

La celebración del Día de Muertos prevalece en los hogares de las personas que migraron a esta ciudad. Si bien no han cambiado se han modificado “porque aquí todo compramos y allá en el pueblo ocupábamos cosas del campo”, contó don Felipe.

Contó que desde hace más de 30 años vive en la ciudad y desde ese entonces ponían ofrenda a sus muertos, al principio eran con cosas elaboradas por ellos como las velas que hacían con la cera de abeja; que apartaban a los productores en libras y quien no sabía hacerlas pedía el favor a otra persona “ahora ya todo compramos y hasta los de mi pueblo Totomochapa bajan a traer aquí, cuando antes sólo veníamos por pan y otras cositas para completar”.

Describió que las conservas de calabaza eran parte central en las ofrendas a los difuntos, “apartábamos  la más grande y gruesa  que sacábamos de la cosecha;  usábamos la flor de muerto que nacía en los calmiles y que sólo recogíamos y olía muy fuerte”  pero ya en la ciudad dejamos de sembrar y nos dedicamos a otras cosas.

 Dijo que en la ciudad todo se compra lo que aumenta los gastos para la festividad, pues tan sólo el manojo de la flor de cempasúchil costó 130 pesos, cada vela entre 20 o 60 pesos según el grosor escogido; el maíz fresco para los shatos cuyo litro salió a 12 pesos más sus ingredientes; el pan blanco a cinco pesos la pieza o tres por 10 pesos, aunque los costos variaban según el tamaño.

Explicó que la fecha de Día de Muertos para él comienza el 31 de octubre y termina el 2 de noviembre en que se llevan las velas y flores a la tumba de sus seres queridos, aunque sus vecinos na savi y nahuas ponen desde el 28 de octubre los caminos de flor de cempasúchil  y truenan cohetes para darles la bienvenida “aunque cada quien con sus costumbre porque como hablan diferente no nos entendemos, pero celebramos lo mismo”, reconoció, pues él sólo habla español.

La celebración la inició el 31 al medio día “dicen que a las 12 llegan los niños y a esa hora ya deben estar acomodas las 14 velas en el altar”, que arreglaron con carrizo y otate en forma de arco sobre la mesa; le colocaron las flores de cempasúchil, terciopelo y otras silvestres “porque el de los niños debe ser colorido” y les colocaron el pan blanco y de muerto, los shatos (hechos a base de maíz) y frutas, explicó.

El 1 de noviembre, al medio día nuevamente, se inició la ofrenda para los adultos. El mismo procedimiento: cambio de flor en los arcos, el carrizo, la fruta, el pan y para los adultos algunos agregados que les gustaban en su vida como el mezcal, los refrescos o los cigarros para que “tengan gusto de volver”. En su lista compró 35 velas para cada uno de sus familiares y de su esposa que recién falleció y es el primer noviembre que recibe su ofrenda y por lo cual ahora él se hará cargo de poner a sus familiares.

Las velas fueron encendidas al medio día, a las seis de la tarde y en la madrugada antes de llevarlas al panteón para “quemarlas” un rato porque según don Felipe no se deben acabar para que sus familiares tengan luz durante todo el año hasta que les pongan nuevamente.

La celebración concluyó con el reparto de la ofrenda a los familiares y vecinos que se colocó en el altar y que puede ser retirada después de brindarles un rosario a los Fieles Difuntos para el descanso de su alma.