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14/09/2008

Reconstruyen 'xicanos' el indigenismo

México, DF., (Reforma).- Los descendientes de mexicanos en Estados Unidos han dejado de utilizar el término "chicano" para autodefinirse y lo han modificado por "xicano", con lo cual afirman iniciar una búsqueda de identidad con miras hacia la madre patria, al mismo tiempo que establecen vínculos místicos y culturales a nivel intercontinental.

Los "xicanos" han instaurado una tradición anual en Los Ángeles, que mañana llega a su segunda edición: el Segundo Encuentro Internacional de Hip Hop Indígena, al que asisten músicos, artistas visuales e investigadores con raíces mexicanas, chilenas, salvadoreñas, africanas, y nativos estadounidenses y canadienses.

"Poner la 'X' a chicano fue volver a nuestras raíces indígenas, por el sonido en náhuatl; cuando usamos xicano nos estamos identificando con nuestras raíces aztecas", explica Zero, rapero de la banda El Vuh, que toma su nombre del libro sagrado náhuatl, y que, junto con agrupaciones y músicos como Los Nativos, El Olmeca, Cihuatl-Ce y Tolteka, han reivindicado a este nuevo movimiento xicano.

"Derivamos del movimiento chicano de la década de 1960, pero entonces queríamos vincularnos con el nacionalismo mexicano, y ahora el movimiento xicano no sólo habla de identificarnos como mexicanos, sino que buscamos volver a las raíces indígenas y establecer un vínculo entre culturas indígenas del mundo, hablamos de tratar de conectarnos en función de una lucha, más allá de una bandera nacional", afirma Olmeca, músico xicano y estudioso del tema.

Así, a través de la resistencia política, artística y cultural, los descendientes de mexicanos en el vecino país del norte, buscan reinventar el concepto indígena.

"Es una perspectiva moderna del indigenismo, un viaje de vuelta a casa: vivimos en EU, tenemos otra situación a la de México, así que es un viaje de vuelta hacia uno mismo, hacia tu mente y tu corazón, a tu cuerpo.

Eso es lo que hacemos la comunidad indígena en EU, todos tratamos de alcanzar esa identidad", abunda al respecto Zero. Pero en el contexto del encuentro a llevarse a cabo mañana, ya se establecen vínculos entre diversos promotores del indigenismo en el mundo.

"Tenemos sangre del grupo indígena de Chile, que son los mapuche; esa fuerza y resistencia del pueblo mapuche ante el imperialismo es la que heredamos; nosotros llevamos esa lucha a nuestro barrio en Chicago", explica Rodstarz, quien integra la banda Rebel Díaz junto con su hermano; descienden de refugiados políticos que, antes de huir de Chile, fueron encarcelados y torturados por el régimen dictatorial de Augusto Pinochet.

Además, los nuevos indígenas argumentan que existe un vínculo entre los nativos de América, antes de que la colonización y las conquistas impusieran fronteras políticas y dividieran a los primeros pobladores.

"Si vamos a nuestras raíces antiguas, hasta los tlatoanis, no había divisiones de raza en todo el continente, había culturas pero no había divisiones: los conceptos de la madre tierra, el agua y el fuego, fueron y son elementos comunes", considera Zero.

"Nuestro rol principal como jóvenes pertenecientes a una cultura indígena bajo la sociedad dominante es adaptar nuestra cosmovisión al mundo moderno, y el hip hop y la música en general tienen un rol fundamental en ello, los utilizamos para hacer esta adaptación", señala Ras, vocalista de Audiopharmacy, y heredero de la tradición pomo, una de las tribus nativas del norte de California.

La tierra parece sacudirse, por lo menos desde la década de 1990, cuando los jóvenes descendientes de indígenas de Canadá, Estados Unidos y México iniciaron esta reinterpretación de las raíces con miras a la modernidad.

"Esta es nuestra tierra y nosotros debemos cuidarla, y las profecías de mi gente han señalado a nuestra generación como una generación de cambio y movimiento; la madre tierra sabe eso porque ha hablado, se mueve, y creo que se está sacudiendo", sentencia Quese IMC, mitad pawnee y mitad seminole, e integrante del grupo Cultura Shock Camp.

A 40 años de Canoa, recuerdo de la barbarie

Hoy se cumplen 40 años de uno de los actos de barbarie más tristes de la historia de México. Incitados por un sacerdote, indígenas nahuas de Puebla asesinaron a cuatro personas, por el simple hecho de que "creyeron" que eran comunistas y les robarían sus imágenes religiosas. Aquí un extraordinario texto del periódico Milenio, para recordar estos hechos.

San Miguel Canoa, Pue., (Milenio).- Fueron docenas de cuerpos descalzos, alumbrados por antorchas, palos, machetes, anticomunismo, alcohol y furia. Meses antes, el cura del lugar Enrique Meza, en reuniones nocturnas con fieles, les había hablado de los que vendrían, que habría que estar atentos, que pretendían robarse a San Miguel Arcángel... Y cuando por fin llegaron, nadie pensó, nadie. Sólo actuaron. Fue cuando rodó la primera cabeza, la de Lucas.

Manuel es un hombre que sabe que su muerte viene y desde hace 40 años se quedó con la mirada clavada en esa noche del 14 de septiembre de 1968. Después de ese día entró en un mutismo del que nunca salió y sólo cuando caminaba descalzo y alcoholizado sobre la tierra árida de Canoa, hablaba y hablaba. Injuriaba al vacío.

Esta es la primera vez que habla con un extraño. “Eran reuniones nocturnas para adorar al Señor”. Él mismo se mira con un escapulario en el pecho. Sus ojos están llenos de cataratas. Sus manos se mueven como si rascaran la tierra del lugar, donde sólo brota el maíz. “El padrecito nos decía todo lo que pasaba afuera y nos hablaba del comunismo, que era malo, y que ellos estaban en la ciudad de Puebla…”. El movimiento estudiantil crecía en las calles de la Ciudad de México.

Mira hacía la plaza, donde ahora todos caminan con zapatos y otros pocos con huaraches. Hace 40 años todos iban descalzos y hablaban náhuatl; aún el censo del INEGI de 2000 refiere que 90 por ciento de la población hablaba esa lengua. En media hora pregunta al extraño nueve veces: “¿Y usted quién es?” Las nueve respuestas son las mismas: reportero.

“Él sabía lo que iba a pasar, nos ayudaba a rezar y una noche nos dijo: “vamos a pedir fuerzas a Dios para cuando el comunismo llegue nos podamos defender”. A la media noche, hincados al interior de la parroquia que inició su construcción en 1904 los ahí reunidos elevaron sus plegarias. “¡Señor ayúdanos contra los comunistas, Señor!”

Ese fue el punto de ebullición.

Por eso, cuando los trabajadores, montañistas aficionados de la Universidad Autónoma de Puebla llegaron a Canoa, rumbo a La Malinche, alrededor de las 18:15 horas de ese día, y pararon en la caseta telefónica a pedir posada, ubicada aún sobre la calle principal Adolfo López Mateos, supieron que nadie abriría sus puertas para darles posada.

No obstante, subieron esa empinada calle de tierra que en su larga vida sólo ha visto pasar a dos personajes ilustres: Adolfo López Mateos y Lázaro Cárdenas del Río. Tocaron una puerta, otra y otra. Así llegaron al curato. Lo mismo: “váyanse”, fue la respuesta. Incluso se alcanzó a escuchar la amenaza: “si no se van, los vamos a matar”. Fue la voz de un hombre sin rostro, alcoholizado y dueño de todo.

Julián González Báez, uno de los fallidos montañistas y sobreviviente, lo recuerda muy bien, el otro es Miguel Flores Cruz. Su mano izquierda de dos dedos se mueve en el sillón, la coloca escondida junto a su pierna. Aún ahora sus ojos miran a “esos hombres del curato”.

Los excursionistas tocan otras puertas y platican. Un volado lo decide todo: “nos quedamos o nos vamos”. La moneda se va al aire deteniendo las partículas de una lluvia fina y constante que a esa hora cae.

La suerte estaba echada: se quedan en el pueblo. Fue cuando en el camino se cruzan con Pedro, el hermano de Lucas, integrante de la Central Campesina Independiente, el comunista de casa, enemigo del padre y del cacique de ese entonces: Carmelo Arce.

Se van con él: bajan la calle y dan vuelta en Porfirio Díaz, cruzan el puente de la Se-cción 4, donde minutos después dos de ellos quedarán sacrificados, y llegan al cruce con Benito Juárez.

Frente a ellos una casa de adobe, angosta, larga y alta. Su techo es de dos aguas. Entran al patio. Son bien recibidos por Lucas. Todo está oscuro y la lluvia sigue. En las calles no hay nadie, o al menos eso se creía. Lo cierto es que decenas de ojos los siguen. Incluso desde su llegada al pueblo, hace dos horas.

“Nos recibió de inmediato, muy amigable. Nos habló de la montaña y dijo que al otro día nos encaminaría. Fue cuando escuchamos detonaciones y la voz de las mujeres en náhuatl por los megáfonos”. Los mismos que anuncian la venta de pollo o algún aviso de interés a los lugareños. Fue cuando él les dijo “métanse”.

Pero esos ojos que los habían seguido desde su entrada al pueblo ya tenían cuerpos, antorchas y piedras en las manos. Una de ellas azotó en la puerta. Se oían gritos. “Estábamos aterrorizados”. Todo estaba a oscuras. La avalancha de cuerpos y voces extrañas había llegado por ellos. Lucas entreabrió la puerta y les dijo: “váyanse son mis amigos”. Pero no le hicieron caso y sólo se escuchó un ruido seco, certero.

Las voces crecían y se metían al cuarto de piso de tierra. “¡Ya ves, pendejo!”, recuerda Julián que le recriminó Jesús, uno de sus compañeros muerto. Ese ruido seco, certero, se llevó la cabeza de Lucas. Por eso el ladrido más intenso de los perros. Era una noche oscura. Los jalaron y se los llevaron de vuelta por donde habían entrado. Hubo tres muertos.

“Aquí somos muy católicos”, dice ahora el delegado auxiliar de San Miguel Canoa, Santiago Arce. El lugar, de 45 mil habitantes, pertenece al municipio de Puebla. En la pared de su oficina, ahí donde la burocracia mexicana acostumbra la foto del presidente en turno, se encuentra la virgen de Guadalupe.

Recuerda aquellos años: “El comunismo sólo nos estaba cazando”. Él aún no había nacido. “¿Cuál fue la lección?” —se le pregunta. “Aún hoy se nos discrimina… nadie los convocó, el cura no fue; aquí cuando la gente escucha las campanas se les calientan los ánimos en un instante…”.

“Todo fue una maldita confusión, hoy a nadie le interesan las campanas”, dice ahora Pablo Rogelio Navarrete.

“Yo no lo viví y no me siento culpable de nada, tampoco mi padre” dice Floriberto Pérez, de 16 años de edad.

“Se integró el expediente, se señaló a los culpables, pero no hubo justicia; había un ambiente pesado, anticomunista”, dice ahora Julián. Fue cuando perdió sus tres dedos.

“Sólo Dios sabe…”, dice a su vez Manuel. El cura, murió enfermo.