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08/12/2010

El yaaxche y nuestra vida en el mayab

Por Bernardo Caamal Itzá

La proximidad del invierno hace que varias especies de árboles tiren sus hojas y se queden totalmente sin follaje. En Yucatán, la gran mayoría de los Yaaxche (ceibos) quedan en esas mismas condiciones.
¿Cómo es posible que los Mayas hayan elegido éste árbol para representar en su forma de ver la vida?
En mi niñez me dijeron en mi comunidad que en las noches de luna llena, del ceibo sale la xtabay- y prácticamente lo relacionan con el kísin (demonio)-, y que por ese motivo algunas personas de Peto,  por donde veían un ceibo, lo eliminaban.

Luego, con el paso del tiempo, en mi andar en varias comunidades mayas de la península, encontré que el ceibo era considerado como el “árbol de la vida”. En la zona maya de Quintana Roo hoy en día hay varias ceremonias mayas que lo consideran  como parte primordial para su ritual.

Un día, al visitar la comunidad de Señor- que pertenece al municipio de Felipe Carrillo Puerto, Quintana Roo-, encontré a una multitud que se traía consigo una inmensa mata de ceibo. Por un momento no entendía qué pasaba, sólo escuchaba gritos, risas de los niños, jóvenes, adultos y ancianos. Detrás de ellos, estaban los músicos que ejecutaban piezas musicales del Mayapax.

Después de un buen rato de observar la escena, vi que el enorme ceibo era cultivado en medio de un coso taurino - que se construyó  a base maderas y palmas de huano-, en una ceremonia que forma parte de las fiestas tradicionales de cada una de las comunidades mayas de la Península de Yucatán.

Mi sorpresa fue que vi a más de media docena de mujeres mayas quienes portaban un atuendo especial. Ellas giraban alrededor del árbol, al igual que los músicos. Noté que la música era especial, propia de los momentos ceremoniales. Al concluir con la siembra del árbol, todos se fueron a la capilla principal de esa comunidad. 

Fue en ese momento cuando por fin pude apreciar, que entre las ramas del ceibo se encontraban diversas frutas de la región. Prácticamente, esa imagen representaba un árbol de navidad. La única diferencia era que, en vez de esferas, en las ramas de la ceiba estaban colgados productos con una notable simbología con la alimentación. Y en la parte baja, en vez de juguetes, nos ofrecía el espacio para la corrida de toros.

La gente del lugar se encargó de ilustrarme en lengua maya sobre las particularidades de esta ceremonia, como el hecho de traer el árbol desde el lugar donde fue arrancado del monte. 

En el trayecto, la gente que acompaña el ceibo interpreta escenas propias de la vida silvestre y de la milpa maya. Es ahí donde interviene el tejón o chíik –animal  que destruye prácticamente las milpas durante la época de la cosecha de maíz. En el camino, la gente va comiendo y tirando la pepita gruesa entre la multitud, y todo esto es del agrado de los niños.

En escenas como esa intervienen numerosos personajes que resaltan el papel de algunos animales del monte, y del hombre;  el discurso generado durante el acto aclara esa relación y el respeto por la vida, que diariamente se vive en el mayab.

Constatar este tipo de experiencias comunitarias ha sido un privilegio, pues hacen que reflexione y que me asalten múltiples interrogantes, como por ejemplo ¿Porque durante mi niñez se nos inculcó despreciar al ceibo pese a que los  libros que hablan de nosotros (mayas), nos señalan de la importancia que tuvo ese árbol con nuestro pueblo?

Ahora con el paso de los años, y el hecho de haber leído cómo Fray Diego de Landa destruyó una gran cantidad de documentos mayas en Maní, y con las experiencias que tuve desde mi niñez, queda claro que hasta nuestros días, existe una práctica sistemática “de alejarnos de nuestras raíces mayas”, como reconsiderar el significado del ceibo y su relación con el agua.

Y fue Humberto Gómez Rodríguez -descubridor de las grutas de Balancanchén- con su charla que impartió ayer en Mérida en el marco conmemoración del XV aniversario luctuoso del arqueólogo Víctor Segovia Pinto, quien me hizo recordar estas experiencias que hoy comparto.

Él puntualizó que no fue quien descubrió esta gruta sino quien encontró las secciones que no habían sido exploradas “Fue maravilloso encontrar en la sección principal, la representación de una ceiba y de los mascarones de cha’ac”, aclaró Gómez Rodríguez.

En su conferencia, evidenció que en el año de 1959 los sacerdotes Mayas, al enterarse del descubrimiento de estas grutas, se apersonaron al sitio y pidieron entrar, para realizar una ceremonia maya con el fin de apaciguar el orden y la paz de estos sitios sagrados: “Al concluir con esta ceremonia, que tardó más de 20 horas, pareció que los dioses mayas escucharon la plegaria, porque llovió intensamente”, dijo Gómez Rodríguez.

Con estas experiencias, deja en claro que nuestros ancestros, a través de sus centros ceremoniales, sus cuentos-fabulas, el significado de sus plantas y de la milpa, sigue sorprendiéndonos de lo mucho que falta por conocer...

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