¡Búscanos en las redes sociales!

Síguenos en Twitter.com/c_indigenas o como @c_indigenas.
Búscanos en Facebook como Corresponsales Indígenas y hazte fan

14/09/2010

Hay que insistir para llegar a la meta, uno de los secreto del éxito...

Por Bernardo Caamal Itzá, corresponsal

Peto, Yuc.- En mi infancia presencié muchos hechos violentos, mi papá me decía que en parte se debió al movimiento social maya y a la Revolución”, fue una de las múltiples anécdotas que me compartió hace más de 10 años la abuela Rosalía Alcocer Ucan.

Ella cumplió 106 años este pasado 4 de septiembre. Lamentablemente durante la medianoche de este 13 de septiembre, su corazón dejó de latir y lo curioso del destino fue que falleció en un hospital ubicado en la ciudad de Chetumal.

A lo mejor si no le hubiese llegado la calentura y la flema que lo impedía hablar, pues hubiera visto el bicentenario de la Independencia de México.

Este tipo de mal, es el azote actual de muchas familias en Yucatán, porque cuando llega en el seno familiar, todos caen postrados en cuya sintomatología, es un intenso dolor de cabeza, de huesos, fiebre y de tos. En nuestro caso, apenas salimos de esta enfermedad, pero lógicamente la gente de mayor edad, como el caso de la abuela, no la resistió.

Un día me platicó que durante su niñez, su papá lo llevaba a las actividades cotidianas de la milpa. Ella aprendió desde muy niña los secretos para cultivar la tierra. Conoció como curar con las plantas, y como también fue partera - porque en  sus tiempos no había farmacia-, y me platicó que cuando se presentaba los partos muy difíciles ahí en Tobxilá, ella recurrió a diversas plantas que conoce para socorrer a dichas mujeres, además era muy devota al niño Dios, siempre le hacía sus novenas, y en cuanto trabajos comunitarios, nunca descanso.

A pesar de sus más de 100 años y con la enfermedad de la diabetes, tenía una buena memoria porque me platicó que un día le dió asistencia alimenticia al Profesor Rubén Calderón Cecilio, que en ese entonces, era maestro rural de Tobxilá –una comunidad perdida entre aguadas-.

Doña Rosa , tuvo en una ocasión su tiendita. Lavaba ropa  y le daba asistencia a los maestros de su comunidad, y con el dinero que recibía de estos trabajos, mantuvo a sus dos hijos. La vida le fue algo difícil, pero supo luchar para mantener a su hija y a su hijo. La primera hace unos años falleció y su hijo, lo acompañó en vida hasta esta noche.

Hace más de dos años la encontré tejiendo unos adornos que se pone a la orilla de los fustanes, en esta ocasión, al concluir con este tejido se lo dejó como recuerdo a su nieta. Un sencillo recuerdo de alguien que en vida amó a mi esposa.

Una prenda que fue hecha por una mujer que a pesar de sus 100 años mostró el temple y el carácter, y que incluso, en su juventud fue la cocinera de los chicleros que iban a las montañas de Quintana Roo.
Y le preguntaba, abuela ¿No le tenías miedo a los animales del monte? Que va- me contestó-, tenle más miedo a los humanos, porque son impredecibles

Los guisos que hacía, aunque no tenía muchos detalles de la alta cocina, pero ella sabía poner el punto de sal y el “toque mágico de la abuela”.

Cada guiso, era hecho con arte por quien heredó los conocimientos milenarios mayas. Nunca la vi usando shampoo y ni jabón de tocador. Ella lavaba su pelo sólo con el agua de ceniza y su jabón favorito era el azul.

Hijo, estas cosas que nos venden, no todos son buenos para nosotros, y hay que saber distinguirlos”, me confío en una ocasión.

Doña Rosa al igual que mi abuela materna, siempre se caracterizaron por amar a la vida y tenían ese don por acompañar a la gente en su toma de decisiones. Las veces que la visitaba, siempre fue generosa conmigo, porque aprovechaba la ocasión para compartir sus vivencias y sus consejos.
A través de ella, supe que en las cercanías de Tiholop, de antes la gente hacia el ch’a chaac en el interior de los cenotes.

En diciembre pasado tuvimos la oportunidad de visitarla. En esa ocasión, sus 3 nietas todas ataviadas con el traje regional le mostraron los pasos de la jarana. En ese momento, seguramente ella recordó sus tiempos cuando era joven, lo único que hizo fue abrazar a las pequeñas, darles un beso y decirles en lengua maya ¡kanantaba’ex! –cuídense- .

Hoy sólo tengo el recuerdo de alguien que me compartió que la vida, hay que vivirla pero el secreto es,  aceptar los retos que nos ofrece y no doblegar a la primera prueba, sino insistir para llegar a la meta...

No hay comentarios.: