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29 oct 2010

Acudieron indígenas nahuas, mixtecos y tlapanecos al encuentro con sus difuntos


Carmen González Benicio, corresponsal

Tlaquilzinapa, Tlapa, Gro.- En La Montaña  empezó la celebración del Día de Muertos. Los grupos indígenas que la integran na savi, me’phaa y nahuas acudieron, por su lado cada uno, al “encuentro de las almas de las personas que fallecieron”.

Una cruz, un cerro, un camino, la iglesia fueron los puntos del encuentro. En la comunidad nahua de Tlaquilzinapa fue en El Calvario donde un rosario y cantos entonados por sus familiares en vida les dieron la bienvenida.

La tradición de Día de Muertos es muy antigua comentó el rezandero del pueblo, Ofelio Aguilar “por eso a las 12 de la noche del 27 de octubre o en los primeros minutos del 28 nos reunimos aquí en la iglesia para ir a recibirlos, pero los rezos empiezan desde el 24 con alabanzas que hablen de los muertitos”, dijo.

En la comunidad manejan “el horario de Dios”, el que no fue impuesto por las autoridades del país como una supuesta medida para ahorrar energía. Así de las 12 a la una de la mañana  se espera en la iglesia a las personas que acudirán al Calvario por sus difuntos. 

La mayoría de los que acuden al llamado del fiscal, Francisco Vázquez Mejorada y del  rezandero son las mujeres, éstas llevan bajo el brazo una canasta llena de “ofrendas” como  pan, jícamas, tamales, mandarinas, naranjas, calabaza, elotes y lo que su economía les haya permitido. 

La vela, las flores y el copal o incienso son parte fundamental del recibimiento de los difuntos. Las llevan en sus manos para alumbrar el camino de sus familiares que “se nos adelantaron”, comentaron.

Después de un rezo, a la una en punto, se inicia la salida desde la iglesia a El Calvario. Las personas caminan en fila, de forma ordenada, llevan sus velas encendidas y su ramo de flores de cempasúchil u otra que nace de forma silvestre en la zona.

 Los cantos se escuchan ante el silencio de la noche al igual que los ladridos de los perros al paso de los cientos de creyentes en la llegada de los difuntos que caminan por la carretera rumbo a la comunidad de Tlaquilzingo para llegar al Calvario.

Ahí se puso un altar para colocar la Cruz y hacer el rosario de bienvenida para los fieles difuntos. Por espacio de dos horas los asistentes rezan, algunos lloran en silencio, otros se refugian en sus pensamientos mientras dura el rezo.

Las velas se consumen  poco a poco, la cera que escurre por ellas es interpretad por los indígenas nahuas como las lagrimas que derraman de alegría o tristeza  por ser recordados u olvidados. El olor del copal se confunde con el sereno de la madrugada, son las tres de la mañana y se empieza el retorno al poblado “ya con los fieles difuntos”.

Al llegar al poblado algunos, se dirigen a sus casas otros llegan a la iglesia para luego irse a sus hogares.

Los niños roban los frutos 

El rezandero  contó que antes los jóvenes o los “niños” como los llamó  salían a los huertos de la comunidad para ir “a robar” jícamas, elotes, calabazas o lo que cultivara el dueño para traerlos a la iglesia para ofrecerlos.

Ahí el fiscal les daba una  olla  para que cocieran los frutos “robados” les ofrecía  azúcar, mientras los niños buscaban miel regalada con los que tenían colmenas para endulzarlos. Los ofrecían en la iglesia  para después repartirlos con los presentes. 

“Antes íbamos a las Tres Cruces ´por los elotes estaba más lejos, pero hoy eso se está perdiendo porque ya no salen los niños por los frutos”, lamentó.

Dijo que por eso en el encuentro de los fieles difuntos las señoras les llevan las ofrendas “con eso los vamos a encontrar para  invitarles un taquito”, dijo y agregó “con eso empieza una fiesta grande en nuestra casa porque se coloca el altar y se les ofrece la comida”.

El día 31 de octubre es la vigilia, cuando  entran los niños que fallecieron y el primero de noviembre los grandes en que se les colocara en su altar, con camas de hojas de plátano, su vela, su ramo de flores, pan, tamales  y los rezos en la noche y en la mañana.

“Yo tengo 26 muertitos y a cada uno haré la lucha de ponerle su vela, un pan o dos, su fruta, sus tortillas su salsa de huaje, pero dependerá de cuanto dinerito tenga”, dijo el rezandero Ofelio Aguilar.

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